Querida Alejandra:
Supongo que te preguntarás que ha sido de mí estos meses. O a lo mejor no, porque conociéndote es probable que hayas pensado que me había tragado un calamar gigante. Que a punto estuvo. Pero eso es otra historia.
Te escribo porque necesito tu ayuda. Sé que suena irónico que te lo diga así después de tanto tiempo sin vernos, pero creo que lo tengo... te interesa.
No puedo añadir más; esta carta puede ser interceptada (no hay quien se fíe de los carteros), pero espero que no te moleste demasiado que me haya tomado la libertad de adivinar dónde vives. Y con quién. Y bueno, y de un par de detalles más para asegurarme de que no romperías esta carta nada más verla.
No espero que me perdones, ni siquiera que hayas olvidado lo que hice. Sería demasiado pedir. Sobre todo porque sigo sin arrepentirme. Sí. Antes de que estalles, has de saber que hice lo que me parecía mejor. Para todos. Y para mí, claro.
No te estoy pidiendo que te reúnas conmigo por una amistad que hace mucho tiempo que no existe. Ni por tu buen corazón que yo mismo he corrompido. Te pido que vengas porque eso que a mí me interesa tanto... puede que sea tu billete de vuelta a casa.
Nos vemos en la Taberna del Loco al atardecer, ven sola.
John Hole
PD: Espero que no te moleste que me haya tomado la libertad de hablarte de tú, pero dadas las circunstancias otra cosa me parece ridícula.
Dejé la carta sobre el escritorio y miré el cristal empañado que tenía en frente. Me estaba conteniendo para no romper la carta en trocitos minúsculos y abandonar mi empeño. Total, ¿de verdad iba a conseguirlo?
Me levanté, incapaz de quedarme quieta, y me acerqué a la ventana. Limpié un poco con la mano el vapor de agua adherido al vidrio, y recordé con nostalgia que cuando era pequeña me gustaba hacer lo mismo los días fríos, cuando la ventana se llenaba de vaho.
Dibujaba caritas sonrientes en los cristales, y miraba a través de sus ojos minúsculos. Y encontraba una calle asfaltada llena de coches y ruido, gente hablando por teléfonos móviles y sacando a pasear a su perro.
Pero en ese instante sólo podía contemplar una calle empedrada, con carros tirados por caballos, y personas elegantemente vestidas paseando con la nariz apuntando al cielo. Y esa figura negra con la cara tapada que…
No.
Mi corazón dio un brinco. No podía ser él, ¿verdad? No vendría ni se arriesgaría, no por nada, se suponía que partía esta noche. Tenía las manos tensas sobre el vestido, contemplando con ansiedad la figura parada en mitad de la acera.
Entonces, se dio la vuelta y se dispuso a irse.
No. Quise chilar. No te vayas.
